sábado, 18 de enero de 2014

Fic "Te he echado de menos" TORG Capitulo XXI



Capitulo  XXI
Los ojos de Tom se abrieron de par en par mirando todo a su alrededor, estaba en una habitación de hospital y dos enfermeras le colocaban cables en el vientre para hacer la monitorización de la frecuencia cardiaca del niño.
 El dolor de las contracciones era fuerte pero ya no sentía que iba a desmayarse. Cogió la mano de la enfermera y ella lo miró con ternura.
—Todo estará bien, en unos minutos cuando tengas a tu bebé en brazos te vas a sentir mucho mejor.
Él asintió con las lágrimas saliendo de sus ojos. Estaba aterrado por el bebé, estaba aterrado por todo lo que le fuera a doler dar a luz a ese niño. Lo quería fuera, no quería tenerlo más adentro porque dolía muchísimo.
Gustav entro en la habitación desesperado. Su mejor amigo se le acercó y le besó la frente para calmarlo. No era suficiente, con lágrimas en los ojos observó a su médico y escuchó cuando comenzó a dar órdenes de prepararlo para llevarlo al quirófano.
Una hora después de comenzar con su labor de parto fue ingresado a la sala de cirugía en donde le estaban por practicar una cesárea. Su mente estaba nublada y lo único que deseaba era que todo saliese bien y su hijo estuviera en buen estado. Le rogaba a Dios que lo que había sucedido en los primeros meses de embarazo no afectara en nada a ese pequeñito que estaba por venir al mundo.
En un momento, todos los días que pasó con Georg vinieron a su mente y recordó el día en el que probablemente habían concebido al niño.
Era viernes recordaba, hacía demasiado frío como para salir a algún lugar. El cielo estaba vacío y la luna brillaba en todo su esplendor. Tom estaba sentado en el jardín trasero de su casa cuando Georg apareció detrás de los arboles. Sorprendido, él se levantó y corrió hacía él.
Georg le cogió por los brazos dándole un cálido abrazo que le encendió el corazón y sin decir ninguna palabra se lo llevó de la mano hasta el auto. En silenció Georg manejo hasta las afueras de la ciudad. Tom no preguntaba nada porque sabía perfectamente bien que su adorado novio no iba a contestarle.
Miró el lugar hacia donde se dirigían pero no logró reconocer nada. Minutos después llegaron a una cabaña en el bosque. Al bajar del auto, el frío lo hizo estremecerse, el lugar estaba muy oscuro y le daba un toque tenebroso. « ¿Será qué va a matarme?» pensó temiendo un poco por su vida. Quizás estaba exagerando pero no era algo normal ir a un bosque con todo oscuro…
—No voy a matarte. —había dicho él con una sonrisa picarona en los labios.
Tom supo que no pasaría nada malo y se rió de sí mismo por si quiera haberlo pensado. Cuando entraron a la cabaña se sorprendió de encontrar un lugar acogedor y romántico. Georg no era romántico, la única vez que lo recordaba romántico era cuando se habían reconciliado.
Esa noche se habían amado y entregado en cuerpo y alma, esa noche se habían unido de una manera tan especial que parecía mágica. Esa noche aunque no se habían dicho que se amaban Tom había sentido que esa entrega en cuerpo y alma significaba un te amo no dicho.
Un llanto fuerte retumbo en sus oídos, obligándolo a salir de sus pensamientos. Fue ahí donde él supo que ya su niño había llegado. Una enfermera acercó al pequeño envuelto en una manta azul cielo, y Tom lloró de amor y emoción al verlo. El niño fue llevado a la sala de maternidad y él se quedo allí sin poder creer que su bebé ya estaba fuera de su casita.
Horas más tarde, él ya estaba en una habitación dormido. Cuando despertó una enfermera venía entrando con el bebé en la cunita. Gustav se acercó a él y le sonrió, él le devolvió la sonrisa pero su atención estaba puesta en el bebé que estaba en la cunita.
—Es precioso Tom. —mencionó Gustav cargando al niño y colocándolo en los brazos de Tom.
Tom asintió con una lágrima resbalándose por su mejilla. El pequeño era tan rosado como un camarón, tenía apenas unas ebritas de cabello castaño y era enorme, gordísimo. A él le pareció que el niño era como una bolita de nieve con tres pelitos castaños. Se recordó de Georg al ver que su niño tenía la boquita de su papá y la misma nariz. Era una enorme lástima que su padre no le conociera porque de ser así lo amaría tanto como él lo estaba haciendo en esos momentos.
—Así que estos es lo que se siente amar a alguien más que a ti mismo. —susurró acariciando con sus dedos los labios fruncidos del niño.
—Eso creo. —Gustav sacó su celular y le tomó una foto para enviársela a Raven. — ¿Cómo vas a llamarlo?
Sinceramente había pensado en muchos nombres pero no se había decidido por ninguno que le gustara. Observó la carita del pequeño y pensó en un nombre que se pareciera al suyo, pero la verdad era que ninguno de los que había pensado era bonito. Sólo uno rondaba sus pensamientos y era el segundo nombre de Georg.
«Moritz»
—Creo que mi niño se va a llamar Moritz. —Dijo en voz alta.
Gustav se le quedó mirando sorprendido, él lo notó.
—Ya sé que te sorprende pero quiero llamarle así por Georg. —suspiró. —. Aunque su padre me dejara. —se detuvo mirando que Moritz entreabría los ojitos. — él se parece mucho a él, siento que ese nombre le queda perfecto a mi bebé.
Moritz abrió sus manitos y arrugó la nariz escuchando las palabras de su papá, abrió sus ojos por completo y conoció por primera vez al hombre que lo llevo tantos meses en su vientre.
Tom sonrió al ver los ojos color verde esmeralda de su Moritz. Fue ahí, en ese justo momento, que se dio cuenta de que no habría persona en este mundo que amara y cuidara más a ese niño que él mismo. Ese vínculo de padre/hijo era enorme.
Moritz frunció el ceño observando detenidamente a su papi, pestañeo dos veces y cerró los ojos sabiendo que ahora sí estaba seguro en ese nuevo mundo en el que le tocaba vivir.
—Duerme como un angelito. —susurró Tom cerca del oído del bebé, y el niño obediente durmió plácidamente.
Ahora que ya tenía a su niño en brazos, estaba seguro de que todo lo que hiciera sería por y para Moritz. Ya no le dolía mucho que su propia familia lo abandonara, ni siquiera que Georg se hubiera ido sin dejar rastro. Ahora lo único que era importante y por lo que viviría feliz, se llamaba Moritz Alessandro Kaulitz.
***
En la primera semana de vida de Moritz, Tom tuvo que acostumbrarse a los horarios en que el recién nacido se levantaba para tomarse el biberón. Su vida había dado un giro inmenso y daba gracias a Dios que Gustav le estaba ayudando.
Se mudó al departamento de Gustav porque no podía seguir pagando el suyo. Gustav lo ayudaba en todo lo que podía mientras estaba en casa y no tenía que ir a la universidad o hacer algún trabajo importante.  Él le pagaría toda su hospitalidad cuando consiguiera un buen trabajo.
La tarea más difícil para Tom, fue tener que cambiarle los pañales sucios al bebé. Odiaba hacerlo pero por su propio bien y del niño, tenía que aprender a lidiar con eso. Moritz era un pequeño tranquilo que solamente lloraba cuando tenía hambre o su pañal estaba sucio.
Cumpliendo los  tres meses de edad Moritz ya mostraba cambios físicos bastante obvios. Era más parecido a Georg que a Tom.  Él niño ya sonreía mucho y Tom se sentía orgulloso del pequeño.
Adoraba verlo dormir, adoraba ver como sonreía mientras dormía. Todos los días Moritz hacía algo nuevo que lo sorprendía, le hacía sentir un padre orgulloso y bueno.
De Bill no supo más, lo único que se había enterado, era que se iba a los estados unidos y no le dijo nunca nada. Él no conocía a su sobrino y eso no se lo perdonaría fácil.
Raven estaba de regreso y también le ayudaba con él niño mientras que Tom trabajaba por las mañanas en una secundaria como maestro suplente. Había logrado conseguir ese empleo gracias a Gustav, él se comportaba como un verdadero hermano.
Aceptaba que Georg le hacía falta, pero estar con Moritz hacía que ese amor se esfumara con el paso del tiempo. Su niño merecía su corazón entero y eso le daría siempre.
El quinto mes de edad de Moritz, Tom lo disfrutaba muchísimo. Su niño era tan bello e inteligente que lo llenaba de orgullo. El tío Gustav vivía comprándole cosas al adorable bebé que nunca estaba triste, siempre sonreía tan enorme que enamoraba a todo el que le conociera. Era un niño feliz, un niño tranquilo y con un padre que lo adoraba y cuidaba.
Ya Tom era un experto cuidando de su hijo, el niño ya había comenzado a comerse las papillas que su papi le preparaba, comía de todo.
Un día estando ellos dos en la cocina, llegó Gustav junto a Raven con un regalo para el pequeño Moritz. El orgulloso padre a veces se sentía incomodo con todos esos regalos pero no podía decirle que no a sus amigos que lo compraban con tanto amor.
— ¿Dónde está el gordito más bonito de la tía?
Moritz alzo los bracitos hacia Raven soltando gorgojeos de bebé. Raven hizo ademan de cargarlo pero al ver que estaba lleno de papilla retrocedió para buscar con que limpiarlo pero el pobre tío Gustav fue quien pago la rabieta del niño. Moritz cogió con su manito, un gran puño de puré de papá y se lo lanzo en la cara al pobre tío. Todos empezaron a reír de la primera travesura que esa bolita de nieve había hecho.
***
Moritz cumplió los ocho meses de edad, estaba enorme y precioso, sus cabellos castaños crecían tan rápido que Tom tenía que estárselo cortando para emparejarlo, sus ojos esmeraldas tenían un brillito especial que hacía que el corazón agujereado de su papi se hinchara de adoración y sonriera con emoción. Moritz era tan blanco y adorable que parecía un muñeco de porcelana, llamaba la atención de todos los que le vieran por la calle. Era todo un galán entre los niños que iban al consultorio de su pediatra.
Las maestras de la secundaria donde Tom daba clases de Biología estaban encantadísimas con ese pequeño niño que Tom algunas veces tenía que llevar por no tener quién se lo cuidara. Todas se turnaban para cuidarlo y Moritz era feliz de estar entre tantas mujeres que lo mimaran, porque eso sí, Moritz era un niño que le encantaba estar rodeado de gente que lo estuviera apapachando.
***
Moritz cumplió un año de edad, Tom logro reunir lo suficiente como para comprarse un departamento y dejar el de Gustav. En un principio su mejor amigo se oponía pero ya era hora de que se buscara un lugar íntimo en el que vivir con su hijo.
Al pequeño Moritz le encantaba andar correteando por la casa en pañales y Tom tenía que estar detrás de él poniéndole ropa, aunque al darse la vuelta Moritz hiciera de las suyas y terminara como Dios lo había traído al mundo. Desnudito.
Para Tom aun era difícil vivir sólo con su hijo, sabía que Moritz necesitaba un padre, pero sinceramente él no quería tener a nadie más. Georg había sido su primer y último amor y así se iba a quedar.
Aún se preguntaba por qué se había ido tan de repente, pero en esos años aprendió a vivir con el recuerdo de un amor que le había dado a lo más bonito que tenía en su vida. Esperaba no volver a encontrarse a Georg nunca más porque tampoco quería decirle que tenía un hijo y tal vez fuera una decisión estúpida pero era su hijo y él decidiría que hacer en dado caso que se volvieran a ver algún día.
Sus padres nunca volvieron a contactar con ellos. Bill lo hacía dos veces al mes y aunque le doliera, no quería molestar a su gemelo. Con Moritz, Gustav y Raven era lo suficiente para estar tranquilo porque ellos tres eran su única familia.
Seguía trabajando en la secundaria pero ahora no era maestro suplente, tenía sus propios estudiantes porque era un buen biólogo y el director estaba encantado con el rendimientos que tenían sus estudiantes.
Por las noches Tom estudiaba en la universidad para sacar una licenciatura que le permitiera ganar dinero como un profesional. Estaba contento con su trabajo y eso era lo que deseaba.
Los siguientes dos años fueron buenos. Con sus altas y bajas, pero Tom estaba contento de tener a su pequeño niño precioso gozando de buena salud. Moritz estaba grande, hablador y poseía todos los rasgos característicos de su padre Georg. Lo que tenía de Tom era su enorme corazón.
Tom se graduó de licenciado en bilogía y química, ejerció su profesión durante dos años y medio, luego se retiró por un tiempo para estar al pendiente de su hijo. Durante el tiempo que estuviera libre de las clases trabajaría en la cafetería que su buen amigo Gustav había puesto en el centro de la ciudad de Berlín.
A pesar de tener el corazón dolido todavía, tenía una vida tranquila en la que el pasado no era más que un recuerdo. Moritz era el único centro de su universo.

1 comentario:

  1. ¡Por Dios! yo deberia estar limpiando pero, no resisti leer me encanta tu historia y soy adicta a ella leo el siguiente

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